15.12.17

MI PERSONAJE FAVORITO DEL CINE: ¡YO! / ALFRED HITCHCOCK

"Ni Hollywood ni la televisión han mostrado interés alguno en mi personaje favorito, a pesar de que ha aparecido en todas mis películas. Es probable que lo conozcan: un hombre quisquilloso, aturdido y desconcertado; de baja estatura y obeso. Solía ser aún más gordo. Siempre lo interpreto yo y se ha convertido, por decirlo de algún modo, en mi firma cinematográfica. Su presencia es tan fugaz que es casi subliminal, lo cual significa que no siempre se tiene la certeza de haberlo visto. No tiene absolutamente nada que ver con el argumento. A lo sumo, es un rostro más del montón, un espectador, un transeúnte en medio de la acción, ajeno a todo lo que lo rodea. Ni siquiera es consciente de que, en el momento de su intromisión, alguien está planeando un vil asesinato; no sabe que el caballero que pasa en la calle va directo a estrangular a su esposa, que la casa que mira esconde un cadáver.
    A menudo me dan ganas de escribir un guión sobre él, de hacerlo protagonista. Naturalmente, nunca lo haré. Sin embargo, en la historia que imagino, es un músico, un intérprete de segunda en una orquesta de tercera. Ha interpretado el papel de músico en otras ocasiones. En Pacto siniestro, se lo puede ver cargando un contrabajo muy parecido a él. En Vértigo lleva un estuche que contiene algún tipo de instrumento de metal; en realidad (es un secreto del departamento de utilería), el estuche estaba hecho de madera maciza. En Intriga internacional, se está subiendo a un autobús, sin nada de instrumentos. Verán, es un timbalero, por lo que se le dificulta la tarea de transportar los instrumentos de un lado a otro. De acuerdo con el papel que le he dado en el film que jamás se producirá, toca el oboe. Tiene una esposa que es una arpía, amargada por tantos años de tratar de vivir una vida miserable y digna a la vez También tiene un hijo pequeño, que odia la música y que, cuando sea grande, quiere ser jugador de béisbol. 
   Es un hombre completamente frustrado. Está resentido: observen el petulante labio inferior, el entrecejo fruncido. ¿Quién lo puede culpar? Pensemos en la formación de un músico de orquesta promedio: los años que se invierten y el esfuerzo que implica. ¿Y cuál ha sido la recompensa por dedicarle la vida a la práctica, el trabajo duro y la disciplina cruel? Vivir en la oscuridad entre cientos de músicos anónimos. Antes, cuando era mas joven, en los tiempos del cine mudo, rozó el glamour. Tocaba el clarinete en una pequeña orquesta, donde acompañaba el sube y baja emocional del pecho de una famosa estrella de cine. Creo que fue ahí cuando lo conocí por primera vez (en esa época, yo trabajaba como director de arte en un estudio británico). Me impresionó su interpretación: estaba en la escena, pero no formaba parte de ella. 
   ¿Saben qué? En la vida real no soporto el suspenso y, como dije anteriormente, este personaje es real para mí. Llegados a este punto quisiera hacer un alto. Pienso con alivio en el guión de Intriga internacional, en el que Cary Grant y Eva Marie Saint trepan por los rostros del Monumento Nacional Monte Rushmore con el villano, James Mason, pisándoles los talones. Cary Grant se resbala y se aferra con las puntas de los dedos a la piedra. Aparece una mano en la pantalla. ¿Lo va a rescatar? No. Una bota cruel se alza y pisotea la mano desesperada. 
   ¡Qué divertido! 
   Y mientras tanto, ¿cómo le va a nuestro personaje real?"

12.12.17

CITAS DE LECTURA / SYLVIA MOLLOY

"Cuando todavía no sabía leer mis encuentros con los libros eran mediados por mi tía, que me los leía en voz alta. Recuerdo una colección de cuentos de hadas clasificada por tradición nacional: cuentos de hadas franceses, ingleses, alemanes y no recuerdo qué más. Durante años recordé mal los títulos de esa colección. En mi memoria eran cuentos de hadas francesas, inglesas y alemanas, es decir que la nacionalidad caracterizaba a las hadas  y solo por añadidura a los cuentos. Acaso tuviera algo que ver el hecho de que mi tía, de familia francesa, evitaba los cuentos ingleses porque le parecían demasiado brutales, prueba para ella de que los ingleses eran capaces de cualquier cosa menos de tener hadas.
La opinión, para la chica bilingüe que yo era, me divertía por lo escandalosa. Para la trilingüe en ciernes resultaba justa: las hadas francesas eran mucho más interesantes, más retorcidas. Las alemanas meramente brutales. No recuerdo que hubiera hadas españolas.
Vivir las lecturas
De las lecturas como actos de posesión: leo y me apodero de lo que estoy leyendo, es decir, encarno la voz del hablante, adopto su dicción, hago mía su circunstancia, lleno hiatos, invento situaciones, personajes, palabras. Leo y el texto se dirige solamente a mí, no existe sin mi lectura: yo le doy voz, le doy yo. Lo que dice Paul de Man de la autobiografía como acto de prosopopeya es finalmente aplicable a todo libro: con mi lectura doy vida a lo que no la tiene, personifico. Este libro es mío, soy su reproductora como Pierre Menard es autor del Quijote.
Desde muy chica emprendí gozosa estas apropiaciones. No sólo vivía a través de los libros, vivía los libros, los volvía performance personal. Creo que desde ese entonces de algún modo se hizo patente en mí, aunque no explícitamente, la noción de pose. Es decir, no sólo me identificaba con lo que leía sino que lo representaba: leer era actuar y actuar era ser yo.
Me veo un verano en Córdoba, en un lugar que no era nuestro habitual lugar de veraneo, un lugar del todo nuevo para mí en el cual no me sentía muy segura. Debo de tener unos diez u once años, estoy leyendo una vida de Chopin para niños. Veranea en el mismo lugar una familia con un chico más o menos de mi edad, que creo recordar se llamaba Quique (Puede ser que esté inventando este detalle). Nos hacemos amigos, le cuento la vida de Chopin que acabo de leer, le encanta, comenzamos a actuarla. Yo soy a la vez directora del espectáculo y Chopin; toco el piano, toso y escupo sangre. Él es Liszt, toca el piano, pero no tose ni escupe. Unas enormes piedras chatas en el jardín del hotel hacen de piano. Creo recordar una dramática huida a caballo perseguidos por los húsares, agregado vistoso que no creo estuviera en el libro. No teníamos quién hiciera de Georges Sand, mi hermana era demasiado chica y mi amigo de ese verano, a quien nunca más volví a ver, era hijo único."

11.12.17

HISTORIAS QUE SE SIGUEN ESCRIBIENDO / SOCOMPA

"Por ello apresuro esta reflexión final: no sé si hay un nuevo cuento argentino, pero los representantes de mayor edad de la antología (Fresán, Nielsen, Retjman) ya no tuvieron que asumir una posición de combate con figuras dominantes en el campo literario. No había ya que matar a Borges ni a nadie. Como en el relato de Coehlo, los narradores de un tiempo a esta parte ya no confrontan con sus padres, confrontan con sus impostores. El nuevo cuento argentino, bajo esta mirada, vendría a ser esa impostura de pensar que podemos seguir escribiendo cuentos como si nada, como si realmente nada hubiera pasado. Aunque haya pasado de todo. Y está muy bien."

Gonzalo Fernández Rozas, en Socompa.

8.12.17

LA ANTOLOGÍA DE ELSA DRUCAROFF / LA NACIÓN

"De Jorge Luis Borges y Silvina Ocampo a Francisco Bitar y Samanta Schweblin, pasando por Julio Cortázar y Angélica Gorodischer, la Argentina es un país de cuentistas. En el imaginario de los lectores quedaron grabados personajes e historias que, incluso, cautivan a públicos extranjeros. Dos de las narradoras argentinas más destacadas del presente, Samanta Schweblin y Mariana Enriquez, son ante todo cuentistas. Aunque las editoriales prefieren publicar novelas en vez de libros de cuentos, el género persevera y se nutre de contextos y realidades.
Ayer, en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos se presentó El nuevo cuento argentino, antología que reúne cuentos de 24 escritores. Ocho son mujeres. La docente, narradora y ensayista Elsa Drucaroff estuvo a cargo de la selección y el prólogo, y la edición corrió por cuenta de la Editorial Universitaria de Filosofía y Letras (Eufyl). En la presentación, a aula llena, estuvieron presentes varios de los autores convocados y la antóloga, acompañada por Ana María Shua y los responsables del sello.
"Hay antologías que se apoyan en el gusto de quien las hace, y no me parece mal -dice Drucaroff a LA NACION-. Pero ésta es diferente: quiere dar una idea representativa de la producción que existe y forma un nuevo cuento nacional, ya consolidado." Entre otros criterios, primó que cada nombre de la antología tuviera publicado al menos un libro de cuentos. Otro fue que cada cuento ya hubiera sido publicado. "Evité trabajar con relatos inéditos escritos a pedido porque el libro compila el cuento que ya existe y quería elegir con libertad", agrega.
Una pauta evidente a la hora de seleccionar fue la edad de los cuentistas. Para Drucaroff, el nuevo cuento argentino nació, "calladito y con poca valoración de la crítica", en los años 90. "La primera y segunda generación de postdictadura tiene escritores y escritoras que vienen publicando desde hace tiempo, en un lapso de 25 a 15 años -puntualiza la autora de Los prisioneros de la torre. Política, relatos y jóvenes en la postdictadura-. Busqué nombres que fueran más cuentistas que novelistas, cuya obra estuviera más dedicada al cuento y se luciera ahí." La mayoría de los cuentistas tiene amplia trayectoria, como Martín Kohan, Gustavo Nielsen y Alejandra Laurencich."