27.4.17

OCTAVA REUNIÓN DE LA CLÍNICA LITERARIA DEL GALPÓN ESTUDIO / TERCERA TEMPORADA

Antes que nada deseo felicitar a Flavia Pantanelli por su publicación en Librosampleados de México de su cuento Moebius. Flavia es una de las chicas que concurren a la Clínica, la noticia me puso muy feliz. Va, para que lo lean:


Agradezco también a la joven escritora y cocinera que vino ayer, Belén Rofrano, a servirnos babagamush, hummus y muhammara de su cosecha, con grisines. La receta es una interpretación libre de la que aparece en “Cómo como”, el libro de Kiako. Belén participó de la segunda temporada del taller, y pidió venir a la tercera de visita porque extrañaba. Casualmente nosotros también la extrañábamos a ella, por lo que tenerla fue un negocio redondo. Tomamos un malbec riquísimo de bodegas Emilia.

Leímos un tríptico extraordinario: el cuento “La dama del perrito”, de Anton Chéjov, más una tesis de Vladimir Nabokov sobre ese cuento ruso y un escrito abundante de comentarios analíticos sobre el mismo asunto extractado de "Cómo se escribe un cuento", de -y por- Leopoldo Brizuela. Copio un fragmento:

“Chéjov, como Poe, parece creer que toda palabra de una narración, y por tanto, toda acción –todo verbo- debe servir al propósito final, crear un efecto en el lector, efecto cuyo punto más alto estaría dado por el desenlace del cuento. Pero mientras que en los cuentos de Poe esa “unidad de propósito” de todas las palabras del cuento está fundamentalmente basada en un encadenamiento lógico, en una trama de “raciocinio” en la que cada acción es tan imprescindible para cada una de las otras que la sola supresión de cualquiera de ellas haría imposible el desenlace, Chéjov procede de muy distinta manera. También en sus cuentos todas las acciones apuntan al mismo objetivo; pero estas acciones no están subordinadas las unas a las otras sino simplemente yuxtapuestas, casi deshilvanadas, al punto de que la historia parece poder tomar cualquier rumbo en cualquier momento. Tal “imprevisibilidad” es, en fin, uno de sus mayores encantos. La identidad de las acciones, su unidad, está dada por la atmósfera predominante a la que contribuyen.”

Aprendimos, digo.

En el medio leyeron Laura y Fernando y, para terminar, les indiqué el buen manejo del tiempo presente en un cuento de la chilena Alejandra Costamagna: “Hombrecitos”.  Lo hice para mostrarle a Laura que un tiempo presente podía ser poético y complejo, no un simple enumerar parco y seco de acciones a lo Rejman, que desarrolla sus textos casi siempre en presente, y muy cerca del concepto de guión.  


Y así pasamos el segundo mes.

21.4.17

SÉPTIMA REUNIÓN DE LA CLíNICA LITERARIA DEL GALPÓN ESTUDIO / TEMPORADA TRES

El miércoles vino a cocinarnos la escritora y guionista Belén Wedeltoft al Galpón Estudio, desde su micro emprendimiento OSLO, comida de mar. Comimos de salmón rosado solo y salmón con queso Finlandia, brótola con cebollas caramelizadas y de langostinos, albahaca, tomates cherry y muzzarela. Riquísima, la vikinga tiene la mano adicta a los repulgues. Las empanadas se venden congeladas de a tres, a muy buen precio. Si hacés una compra de cinco bandejas te las entrega a domicilio. Lo sé porque la gran Belu es mi socia en guión y teatro (estamos empezando) y porque le compré montaña de veces. Copio el afichito para que la contacten. Tomamos vino de bodegas El Esteco.

Leímos “Nada de todo esto”, de Samanta Schweblin, de su libro “Siete casas vacías”; “Mur”, de Felisberto Hernández, y ”Doble Antonia”, de Andrea Maturana. Este último ya lo habíamos leído en un curso anterior, quise encontrar “El idioma de los peces”, de Cristina Fernández Barragán, pero perdí su libro entre mis anaqueles, y en Internet no está. Así que lo dejaremos hasta que lo encuentre.

Leyeron Mariana, Pablo y Laura. Terminamos hablando sobre las cosas que nos dan miedo, para poder encarar o corregir el cuento de terror que tenemos en la consigna. Pablo afirma que la cosa que más miedo le dio de grande es un juego con monstruos en un castillo, del que se hizo fan. Muy gótico para mi gusto. Acá va el teaser:

Amnesia


Yo conté una historia de pánico que Gabriel García Márquez, en uno de sus libros de la Escuela de Baños, en Cuba, sobre la escritura de guiones, dice nunca haber podido escribir en formato cuento. 

Dos alpinistas se pierden en una montaña, en plena tormenta de nieve. Encuentran, casi a punto de congelarse, una pequeña cueva para su resguardo. Uno se pone activo a buscar cómo hacer un fuego; el otro se queda quieto, se congela y se muere. Su amigo llora, está desesperado. Entierra el cuerpo a la entrada de la cueva.  Se duerme agotado al calor de la fogata. Por la mañana encuentra a su amigo sentado a su lado, embarrado y frío. No hay nadie más en los alrededores. No se explica cómo salió del pozo. Inmediatamente lo vuelve a enterrar. Pasa la segunda noche sobresaltado. Al final se duerme. Por la mañana vuelve a encontrar a su amigo ahí sentado. La historia se repite todos los días, hasta que el alpinista enloquece. La explicación es que ese hombre no podía pasar la noche solo. Entonces, sonámbulo, desenterraba a su amigo y lo sentaba a su lado, para tenerlo cerca a la mañana. Horror, horror.


También citamos sustos de cine. Acá Laura manda dos links muy efectivos. Uno, el del niño, me consta. Veánlos y opinen. Besos.


19.4.17

PARA LEER "EL MATADERO" / ECHEVERRÍA POR EL CONDE LÁISEK

“La figura más prominente de cada grupo era el carnicero con el cuchillo en mano, brazo y pecho desnudos, cabello largo y revuelto, camisa y chiripá y rostro embadurnado de sangre. A sus espaldas se rebullían caracoleando y siguiendo los movimientos, una comparsa de muchachos, de negras y mulatas achuradoras, cuya fealdad trasuntaba las harpías de la fábula, y entremezclados con ella algunos enormes mastines, olfateaban, gruñían o se daban de tarascones por la presa”.
Pero las frases deliciosas son tantas que uno se ve forzado a elegir: “Ahí se mete el sebo en las tetas, la tía –gritaba uno”. “¡A la bruja! ¡A la bruja! –repitieron los muchachos–; ¡Se lleva la riñonada y el tongorí! Y cayeron sobre su cabeza sendos cuajos de sangre y tremendas pelotas de barro”. 
“Hacia otra parte, entretanto, dos africanas llevaban arrastrando las entrañas de un animal; allá una mulata se alejaba con un ovillo de tripas, y resbalando de repente sobre un charco de sangre caía a plomo, cubriendo con su cuerpo la codiciada presa. Acullá se veían acurrucadas en hileras 400 negras destejiendo sobre las faldas el ovillo y arrancando uno a uno los sebitos que el avaro cuchillo del carnicero había dejado en las tripas como rezagados, al paso que otras vaciaban panzas y vejigas y las henchían de aire de sus pulmones para depositar en ellas, luego de secas, la achura”. 
Y por último: “Ventilaban a cuchilladas el derecho a una tripa gorda y un mondongo que habían robado a un carnicero, y no de ellas distante, porción de perros flacos ya de forzosa abstinencia, empleaban el mismo medio para saber quién se llevaría un hígado envuelto en barro. Simulacro en pequeño era éste del modo bárbaro con que se ventilan en nuestro país las cuestiones y los derechos individuales y sociales”.
Vamos a analizar estos fragmentos, pero no ya desde el punto de vista narrativo sino a la luz de la historia. Nada más ficcional que el realismo, donde todo lo que escribimos está bajo la luz del recorte ideológico. Mientras hacemos obra, del tipo que sea, toda nuestra narrativa se torna real, en tanto que nuestro realismo tiende a volverse narrativa y ficción.
El matadero según Lai

18.4.17

DE VOCACIÓN, NOVELISTA / HARUKI MURAKAMI

"De niño leí una novela que trataba de dos hombres que iban a contemplar el monte Fuji. Uno de los protagonistas, el más inteligente de los dos, observaba la montaña desde diversos ángulos y regresaba a casa después de convencerse de que, en efecto, ese era el famoso monte Fuji, una maravilla, sin duda. Era un hombre pragmático, rápido a la hora de comprender las cosas. El otro, por el contrario, no entendía bien de dónde nacía toda esa fascinación por la montaña y por eso se quedó allí solo y subió hasta la cima a pie. Tardó mucho tiempo en alcanzarla y le supuso un considerable esfuerzo. Gastó todas sus energías y terminó agotado, pero logró comprender físicamente qué era el monte Fuji. En realidad, fue en ese momento cuando fue capaz de entender la fascinación que producía en la gente.
   Ser escritor (al menos en la mayoría de los casos) significa pertenecer a esa categoría que representa el segundo de los protagonistas. Es decir, no ser extremadamente inteligente. Somos ese tipo de personas que no entienden bien la fascinación que despierta el Fuji a menos que subamos hasta la cima por nuestros propios medios. La naturaleza de los escritores conlleva en sí misma no llegar a entenderlo del todo después de subir varias veces, incluso estar cada vez más perdidos con cada nueva ascensión. La cuestión que se plantea en ese sentido no es la del rendimiento o la eficacia. En cualquier caso, no es algo en lo que se empeñaría una persona de verdad inteligente."
Gran texto de Murakami en Radar